El calvario de la madre de dos pandilleros latinos: «Mi vida era un infierno, era meterme en un manicomio o la muerte»

Carmen: relata cómo fue tener durante 15 años a dos de sus hijos como ‘reyes’ de los Latin Kings: robos, agresiones, cárcel… Hasta que consiguió sacarlos sacarlos de ese mundo mediante el Centro de Ayuda Cristiano.

Carmen no puede evitar el llanto al recordar los 15 peores años de su vida: el tiempo que tuvo no a uno, sino a dos de sus hijos, metidos de lleno en la primera banda latina que llegó a España, los Latin Kings. Es la suya una historia de sufrimiento y desesperación, que narran la madre y uno de los chicos para ABC, pero también es un relato de superación.

Llegó de Ecuador hace 22 años, ahora tiene 63, «con la idea de estar aquí un tiempo, hacer un dinero y regresar allí a poner un negocio». Pero las cosas no fueron así ni de lejos. En Madrid vivía con su hijo mayor, ya establecido, pero quiso traerse a los tres menores, que vivían con su padre y la pareja de este. «Los echaban de casa y nos los trataban bien», explica Arthur, que ahora tiene 35 años, detalla: «Yo entré en la banda porque de pequeño fui maltratado. Mis padres estaban separados, mi madre trabajaba todo el tiempo. Tenía el trauma de que no quería tener miedo, sino que me tuvieran miedo a mí: y eso pensé que se arreglaba con violencia, siendo delincuente. Entré en la banda con 14 años».

«Traje a mis hijos con la esperanza de que vinieran a estudiar, porque lo estaban pasando mal. Primero llegó el de 14 años, luego el de 11. Pensé que iban a poner de su parte, pero no sabía que tan rápidamente ellos habían hecho amistades con las pandillas. Iban mucho al parque. Empecé a ver a mi hijo con malas conductas como a los ocho meses de llegar él a España. Yo me pasaba trabajando todo el día, en una cadena de hoteles, hasta 16 horas al día», explica Carmen.

Robos de dinero a la madre y al hermano

El de 11 años se vio arrastrador por Arthur, el de 14, a iniciarse en la banda. «Yo salía de casa a las 6 de la mañana, les dejaba la comida hecha y con mi hija pequeña, que entonces tenía 9 años. Cuando volvía, ella me decía: ‘Mamá, mis hermanos traen aquí a amigos y se ponen a fumar y a bailar. Vienen también con chicas». La mujer explica que ellos se aprovechaban de que sus vecinos más inmediatos estaban sordos y no se quejaban.

«Llevábamos a casa a 30 personas, porque yo llegué a ser ‘rey’ [líder] de un ‘chapter’ o ‘capítulo’ [grupo que domina un distrito], y mi hermano de otro», matiza Arthur. Él empezó a tener una actitud cada vez «más violenta y se iba de casa». El menor no iba al colegio y a Carmen la llamaban los profesores: «Yo llegué a pegarles, pero la mano dura no valía para nada, porque se ponían más bravos aún».

El primer punto de inflexión fue una agresión al mayor de los cuatro hermanos, al que llegaron a robarle la tarjeta bancaria y dejarle sin un euro. Decidió marcharse de la casa.

Detenciones, drogas y cuchillos

«Se pasaban una semana fuera, les llamaba por teléfono, me colgaban… A veces, desaparecían porque realmente les habían detenido y estaban en el calabozo las 72 horas. Yo pensaba que era una pandilla de amigos, hasta después no me enteré de que era una banda latina. Yo tenía un carácter muy fuerte, pero eso no valía para nada: me pegaron en dos ocasiones, me robaban dinero de la cartera… Estaban ya perdidos, con drogas y todo lo demás», añade. Entonces, comenzó a notar cómo se le «perdían cuchillos en la casa»: «Una vez, encontré al mayor de los dos un cuchillo con la punta muy afilada debajo del colchón».

Pero cuando realmente empezó a darse cuenta de lo que realmente pasaba fue al cambiar su forma de vestir, al llegar tatuado, a crecer aún más esa violencia: «No había respeto en casa. Yo no tenía ninguna autoridad, eran ellos los que mandaban. Hasta que un día decidí dejar el piso y mudarnos a una habitación, porque así pensaba que los tendría más controlados».

La salida

Arthur ha pasado por cinco cárceles: Soto del Real, Alcalá de Henares, Badajoz, Aranjuez y Estremera. «Me condenaron por peleas, violencia, robos, atracos… Hasta que me cayeron cinco años por un asunto que los de la banda me colgaron a mí, me traicionaron», explica el ex Latin King.

Entonces, comenzó a «tener miedo a ir por la calle, no podía dormir tranquilo por todo el daño que hacía…»: «Toda la gente de mi alrededor cayó preso o mutilado o los mataron. Era muy duro estar en la cárcel y necesitar el abrazo de una madre, su consuelo, una caricia de ella; y solo poder verla a través de un cristal». «Mi hijo se fue hundiendo, hasta que Dios me preparó para poder luchar por ellos», añade ella.

«Cuando mi madre me ofreció cambiar de vida, me invitó al Centro de Ayuda Cristiano. Salí de la cárcel no quise volver a la banda, pero ellos me buscaban, me sacaban cuchillos. Nos cambiamos continuamente de vivienda, de barrio… Hasta que se dieron cuenta de que no era una amenaza ni me iba a ir con otra banda rival. Ahora, seis años después, trabajo, soy pintor, y mi familia está contenta. Lo que más me gusta es poder ayudar a otros chicos. Tengo novia, vivo solo, mi madre está c ontenta… Me siento en paz gracias al Grupo Joven del centro», incide el ex líder pandillero.

Castigo a latigazos

En cuanto a su hermano, también dejó la delincuencia en el mismo lugar, con su fe a Dios. Tuvo la mala suerte de que perdió su documentación y le pararon por la calle. Fue deportado a Ecuador, donde ahora mismo tiene su esposa, familia, hijos y trabajo.

El hijo más pequeño, el que ahora está en su país natal, le costó que los de la banda le dejaran tranquilo. Un día, le dijo a Carmen: «Mamá, yo quiero salir de esa pandilla y no puedo, porque me han amenazado. Me han dicho: ‘Si sales, matamos a tu familia’, y no quiero que os maten a ti y a mi hermanita». A los dos meses vino al centro: «Tenía pesadillas, veía a una mujer de blanco en la ventana. Hasta que un día llegó a casa todo marcado. Le habían hecho la ‘pared’: le dieron latigazos en la espalda con las hebillas de los cinturones y golpes con puños americanos».

«No nos sentíamos orgullosos en ese momento, pensamos en todo lo que había ocurrido, en que había barrios por los que no podíamos transitar y líneas de Metro en las que no podíamos entrar», añade Arthur.

«Qué pena de las madres de este fin de semana»

«Para mí -dice Carmen-, lo peor de esos 15 años fue descubrir que estaban en la banda y no saber qué hacer. Mi vida fue un infierno, hasta el punto de que me arrepentí de haberlos traído a España. Pasaba el tiempo en el trabajo llorando, pensando que iba a regresar y que me iban a estar muertos. Que me llamarían de la Policía o de la morgue. Si no encuentro el Centro de Ayuda Cristiano, me meten en un manicomio o acabo muerta. Gracias a que mis hijos fueron rescatados por las manos de Dios».

Y hace hincapié en cómo ha cambiado la vida también para ella: «Ahora me siento segura, puedo dormir tranquila. Es muy duro ver a dos hijos en esa delincuencia, que los podían matar a disparos. Así que cuando veo lo que ha ocurrido este fin de semana con los dos chicos muertos en Atocha y Parla, pienso: qué pena de madres, lo estarán pasando tan mal como yo lo pasé».


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